Hay cosas que no se dicen,
porque el alma no encuentra forma de nombrarlas.
Son susurros que atraviesan la piel
cuando en la madrugada,
el pecho se aprieta sin motivo aparente.
Él no sabe…
no sabe que su madre vino a mí en sueños,
con el rostro entre la pena y la ternura,
que me habló sin palabras,
con la mirada de quien suplica paz para su hijo,
con la voz de una madre que ve romperse
lo que una vez soñó entero.
Yo la sentí.
La sentí en las noches cuando él no podía dormir,
cuando su corazón se quebraba
y el mío también, sin que él lo supiera.
Le hablé.
Le dije que si su voluntad era el adiós,
me apartaría.
Pero le rogué que lo ayudara a ser feliz,
aunque yo no fuera el camino.
Ella escuchó.
Me mostró el dolor de una casa dividida,
los hermanos enfrentados por cifras y orgullo,dinero, discuciones que a ella le duele....
la soledad de un día de la madre con palabras no dichas,
con abrazos ausentes.
Yo lo supe antes.
Lo sentí en el viento,
lo vi en los silencios,
lo adiviné cuando todo me señalaba Tierra Santa,
como si el destino tuviera memoria,
como si su madre aún tejiera encuentros
desde un rincón sagrado del cielo.
Yo canté para ella,
con lágrimas calladas,
con el alma abierta como una herida antigua,
y en mi canto le dije:
“Gracias por dejarme llegar,
aunque fuera solo para sanar.”
Le di mi lugar a su amiga,
porque la vida me desbordaba de señales.
Y cuando lo vi,
no solo lo vi a él,
vi su dolor,
vi su rabia,
vi a un niño sin consuelo golpeando al mundo
porque no sabe cómo llorar.
Él no sabe…
que el día que no fui al hospital
una fuerza mayor me detuvo,
que hay cosas que no puedo explicarle
porque lo derrumbarían más de lo que ya está.
Y no lo sabrá.
Porque hay verdades que solo se lloran,
que no se cuentan.
Verdades que se graban en el alma
con tinta invisible,
con amor que aún duele,
con un adiós que no se ha dicho,
y un silencio
que grita
todo lo que no se dice.

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