IMAGEN DE DOS PADRES CREADA CON INTELIGENCIA ARTIFICIAL... ASI SERIA...
Hay cosas que nunca te dije con palabras,
pero que gritaban dentro de mí cada vez que te miraba.
Cada vez que te amaba con el cuerpo,
cerraba los ojos y susurraba al universo
que ese fuera el instante…
ese,
el momento sagrado en que naciera nuestra hija.
Soñé tantas veces con el milagro de la vida entre nosotros.
Cada caricia, cada entrega, era una oración
para que una pequeña alma decidiera habitarnos.
Y cuando mi periodo llegaba,
me rompía por dentro,
me sentía incompleta,
me sentía menos mujer…
como si mi cuerpo me negara el sueño más grande que guardaba para ti.
¿Por qué quise tener un hijo tuyo?
Porque te amé,
te amé con una profundidad que no sé repetir.
Porque lo que sentí contigo
no ha cabido en ningún poema,
ninguna canción,
ni siquiera en esta carta.
Te amé en los días sencillos,
cuando salíamos a pescar y todo era risa,
sol en la piel,
paz en el alma.
Te amé cuando tocabas tu saxo
y yo te seguía con mi voz,
como si nuestras almas se entendieran
en un lenguaje sin palabras.
Ese era nuestro templo.
Te amé cuando compartíamos con mi hija,
y soñábamos que un día, ella tendría una hermanita.
Ella sería la hermana mayor,
la protectora,
la guía…
la que cuidaría de esa pequeña cuando yo ya no estuviera.
Y yo sentía, con el corazón lleno,
que por fin tendría una familia de verdad,
una tribu,
un hogar donde el amor no se rompía.
Ese hijo que soñamos habría sido un niño privilegiado…
porque habría conocido el amor profundo de su mamá,
la música de su padre,
la dulzura de mi madre,
la sabiduría de mi papá,
y también tus padres, con su cariño especial.
Habría crecido rodeado de historias, de arte,
de ternura,
de raíces fuertes.
Pero ese hijo no llegó.
Y aunque no fue,
queda vivo en mis recuerdos,
en mis lágrimas,
en las ayudanzas que nos dimos…
y en las que nos quedaron por dar.
Tenías una tristeza antigua en los ojos,
esa que decía:
“yo no tengo nada,
yo estoy solo en el mundo.”
Y yo quería darte algo que fuera eterno,
algo que nadie pudiera arrebatarte:
una hija,
una familia,
una raíz.
A mis 36 años,
comencé a sentir que el tiempo era cruel,
que el reloj me gritaba que ya era tarde,
que quizá…
ya no podría darte ese regalo.
Y eso me dolía más que cualquier despedida,
más que cualquier silencio tuyo.
La idea de que algún día otra mujer
te dé un hijo…
me corta el alma,
no por envidia,
sino por certeza.
Porque sé,
sé con cada célula,
que nadie va a sentir lo que yo sentí por ti
cuando estábamos juntos,
cuando el mundo se detenía
y yo juraba que los ángeles volaban alrededor de nosotros.
No quiero aferrarme a lo que no es,
pero no puedo negar lo que fue.
Tú marcaste mi cuerpo,
mi alma,
mi destino.
Y aunque ahora estemos distantes,
aunque la vida no nos haya regalado esa hija,
quiero que sepas esto:
Lo intenté con todo mi corazón.
Te amé con una devoción que ya no me cabe.
Y aún hoy, una parte de mí te lleva como si fueras familia,
aunque no tengamos papeles, ni hijos, ni hogar compartido.
Solo me queda desearte amor.
Un amor real, profundo, tierno.
Ojalá tú también lo encuentres,
así como yo estoy buscándome a mí misma entre los escombros de lo que fuimos.
Con el alma desnuda,
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