lunes, 9 de junio de 2025

Ser cantante es ser canal.
Es mucho más que afinar, proyectar o ejecutar una melodía.
Los músicos —sobre todo quienes trabajamos en ceremonias como bodas, eucaristías o funerales— no solo llevamos un instrumento: nos convertimos en uno.
Nuestro cuerpo, nuestro aliento, nuestra piel y nuestras emociones son el canal por donde se mueve la energía del momento.

Cuando canto, no solo uso mi voz.
Uso mi alma.
Absorbo lo que hay en el ambiente: el amor profundo de una pareja que se jura eternidad, la gratitud infinita de una familia que celebra una vida, o el dolor callado de quienes despiden a un ser amado.
Esa energía —densa, vibrante, sanadora o desgarradora— entra en mí. La siento. La reconozco.
Y la transformo en sonido.

Cantar en una eucaristía es, para mí, una oración activa.
Una plegaria viva, elevada en cada vibración de mi garganta.
No canto solo por cumplir. Canto para honrar.
Canto para ayudar a que las almas suban, para que los vivos encuentren consuelo, para que el amor deje su huella aún en medio de la tristeza.
Mi voz no es mía en esos momentos. Es un vehículo sagrado.

Muchas veces la gente no lo ve.
Ven a la artista, al vestido, al escenario. Pero no ven el peso emocional que cargamos al final del día.
A veces llegamos a casa con un nudo en el pecho.
Con energía prensada en el cuerpo.
Porque absorbimos, porque sentimos, porque no somos indiferentes.
Incluso cuando el trato es frío, apresurado o grosero, no siempre respondemos igual. Lo canalizamos. Y seguimos.

Eso es ser cantante. Eso es ser músico.
Un trabajo invisible que trasciende lo técnico.
Un arte que no se mide solo por lo que se escucha, sino por lo que se transforma.
Y aunque no siempre se note…
Nosotros también necesitamos descanso, contención y amor.

Porque para poder sanar con nuestra voz… primero debemos cuidar nuestra alma.
(alexandralasoprano)



 

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