martes, 12 de agosto de 2025

e enamoraste de un hombre roto… y él te rompió a ti.

No porque fueras mala.
No porque no supieras amar.
Sino porque tu amor tocó partes de él que ni él mismo había tenido el valor de mirar.

Tu ternura le pareció una amenaza.
Tu paciencia, una tortura.
Tu estabilidad, un espejo que le mostró su propio caos.

Porque tú llegaste con manos limpias y corazón en paz… y él solo conocía guerras.

Creyó que el amor dolía, que se rogaba, que se mendigaba.
Creyó que el amor era sobrevivir, no habitar.

Y tú llegaste con calma, con constancia, con la loca idea de que amar también podía ser fácil.

Pero un hombre roto no quiere paz… la paz lo asusta.
Prefiere el caos que ya conoce, el drama que le distrae, la adrenalina que le da la ilusión de sentir.

Y tú intentaste rescatarlo.
Te quedaste cuando sabías que debías irte.
Callaste para no herirlo. Disculpaste lo que no tenía excusa. Disfrazaste tus heridas con “todo está bien”.

Pero no, no estaba bien.
Porque el amor no cura lo que solo la voluntad puede sanar.
Porque no importa cuánto amor le entregues a alguien… si esa persona no quiere salvarse, te arrastrará en su naufragio.

Y sí… cuando por fin te pusiste un límite, te llamó fría.
Cuando dijiste tus verdades, te dijo cruel.
Cuando lo cuidaste, te acusó de invadirlo.

Te enamoraste de un hombre roto… y él te rompió.
No por maldad, sino por costumbre.
Porque tú eras hogar, y él solo conocía trincheras.

Pero escucha esto, mujer:
No eras demasiado.
No fuiste el problema.
Solo fuiste luz en un lugar donde la oscuridad había sido ley durante demasiado tiempo.

Y eso, mi amor, duele.
Pero también libera.

Porque algún día, esa luz volverá a brillar en alguien que sí sepa quedarse…
sin miedo.

 

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